
Este 17 de septiembre, fiesta de san Alberto de Jerusalén, los superiores generales Miguel Márquez Calle, O.C.D., y Desiderio García Martínez, OCarm., firman una carta circular con motivo del octavo centenario de la Ut vivendi normam, el documento por el que, el 30 de enero de 1226, el papa Honorio III reconoció a los ermitaños del Monte Carmelo.
La carta parte de aquel momento fundacional y repasa con detalle qué significó realmente la intervención de Honorio III y, sobre todo, qué puede decir hoy a la Familia Carmelita. Una de las precisiones históricas más interesantes es recordar que aquella carta no fue una «aprobación de la Regla», como se ha afirmado en ocasiones, sino el primer reconocimiento de la comunidad y de su «norma de vida». La Regla, en sentido estricto, llegaría en 1247, con Inocencio IV.
A partir de ahí, los autores vuelven sobre algunos rasgos esenciales del Carmelo: la oración, la escucha de la Palabra, la vida fraterna, la sobriedad, la pertenencia a la Iglesia y la capacidad de vivir el carisma en cada época. También miran al presente, marcado por los conflictos, la pobreza, la crisis climática y los cambios provocados por la inteligencia artificial.
La carta termina con una invitación a no vivir de la memoria de los orígenes, sino a hacerlos fecundos en el presente. Para ello recupera unas palabras de santa Teresa que siguen teniendo una fuerza especial: «siempre habían de mirar que son cimiento de los que están por venir».
Una carta para leer despacio, especialmente en este VIII centenario, porque ayuda a volver a las raíces del Carmelo y a preguntarnos qué significa hoy vivirlas.
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