Nace la Cátedra «Alba de Tormes y la mística española»

Salamanca, la Casa de Alba y el Carmelo Descalzo acaban de sellar un convenio para crear la Cátedra «Alba de Tormes y la mística española«, presentada hoy, 2 de julio, en las Escuelas Mayores de la universidad salmantina. Tres nombres que, en el papel, pertenecen a mundos distintos —la academia, la aristocracia, la vida religiosa— y que aquí se dan la mano por una misma razón: que Alba de Tormes, tierra donde Teresa de Jesús murió y sigue enterrada, tenga por fin el espacio universitario que su legado siempre mereció.

En el acto de presentación intervino el consejero de Cultura de la Junta de Castilla y León, Alberto Díaz Pico, con un discurso que se agradece por no quedarse en lo protocolario. Dijo que Alba de Tormes, Salamanca, la Casa de Alba y el Carmelo «se encuentran hoy bajo una misma palabra: mística», y no lo dejó ahí: insistió en que esa palabra no es reliquia de museo, sino algo que el presente necesita con urgencia.

De Teresa y de Juan de la Cruz habló como pocos consejeros de cultura suelen hacerlo. Los llamó «dos arquitectos del alma española» y hasta se permitió una fórmula casi teresiana: en ellos, dijo, «la fe se hizo pensamiento; el pensamiento, literatura; y la literatura, historia viva». De la Madre la citó en lo que mejor sabía decir sin decirlo del todo: que toda reforma verdadera empieza por dentro, que ninguna institución se sostiene si antes no se sostiene el corazón de quien la habita. De Juan de la Cruz, antiguo alumno de esa misma universidad, rescató la intuición que atraviesa toda su poesía: que la noche puede ser camino, y que la palabra sólo dice de verdad cuando nace del silencio.

Lo que más me interesa de esta cátedra, sin embargo, no es el gesto simbólico, sino lo que promete de trabajo futuro. Se trata de dotar de estructura académica: el estudio serio de la mística española necesita sede, financiación y continuidad. Que Salamanca —la universidad de Fray Luis, la que examinó a Teresa a través de sus confesores, la que formó a Juan de la Cruz— vuelva a ser lugar de referencia para este campo, es una noticia que trasciende lo protocolario.

Hubo también una defensa del valor no utilitario de la cultura. Díaz Pico lo resumió con una frase que suscribo entera: «Proteger la cultura no es decorar la vida pública. Es defender la continuidad de un pueblo.» Y añadió algo que toda persona que trabaja con textos antiguos sabe de memoria: que no todo se mide por la utilidad inmediata, que hay herencias que nos preceden y nos obligan.

Habrá que ver en qué se traduce esta cátedra más allá del acto fundacional: qué líneas de investigación abre, qué publicaciones y qué congresos organiza, si logra tender puentes reales entre la erudición carmelitana y la universidad laica. Pero como primer paso, la fotografía de hoy en las Escuelas Mayores —Salamanca, Alba y el Carmelo firmando juntos bajo el nombre de la mística— ya merece quedar anotada aquí.

 


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