Dislates y greguerías. Un lenguaje del exceso

Roberto Urbano — Dislates y Greguerías
Galería Daniel Cuevas, Madrid | 28 de marzo – 23 de mayo de 2026

Un lenguaje del exceso… para hablar de la nada

La exposición Dislates y Greguerías de Roberto Urbano plantea, desde el inicio, una operación arriesgada: hacer dialogar dos formas de pensamiento que rehúyen la lógica ordinaria. El dislate —como desbordamiento, ruptura o desvarío— y la greguería —como chispa que une humor y metáfora— funcionan aquí no como juegos formales, sino como instrumentos de conocimiento.

Pero el interés más profundo del proyecto se encuentra en su raíz sanjuanista.

El dislate como vía: paradoja y experiencia en san Juan de la Cruz

Urbano conecta el dislate con la escritura de san Juan de la Cruz, donde la contradicción no es ornamento, sino necesidad expresiva. En textos como Subida al Monte Carmelo o Noche oscura, el lenguaje se tensa hasta el límite para intentar decir lo indecible: una experiencia que desborda toda categoría.

No es casual que en estos escritos la vía espiritual pase por la negación: no saber, no gustar, no poseer.

Ese “no” reiterado —que podría parecer un absurdo— es, en realidad, un método. La paradoja sanjuanista no busca desconcertar, sino purificar el acceso a lo real.

Los dibujos de Urbano traducen visualmente este movimiento. La verticalidad, la ascensión o la levitación no se presentan como efectos espectaculares, sino como signos de despojamiento. No hay acumulación, sino retirada. No hay relato, sino suspensión.

Sánchez Cotán y la mística del vacío

Uno de los aciertos más sugerentes de la exposición es el vínculo que Urbano establece con Juan Sánchez Cotán, en particular con su bodegón Cardos y zanahorias.

A primera vista, podría parecer una asociación forzada. Sin embargo, el artista propone leer esa austeridad extrema —objetos suspendidos en un fondo oscuro, silencio compositivo, economía radical de elementos— como equivalente visual de la vía negativa sanjuanista.

Aquí, lo decisivo no es lo que aparece, sino lo que se retira. El fondo negro no es un vacío neutro: es el espacio donde todo lo accesorio ha sido eliminado.

En este sentido, la “nada” de Subida al Monte Carmelo no es ausencia estéril, sino condición de posibilidad. Urbano recoge esta intuición y la desplaza al plano gráfico: sus imágenes parecen emerger —o disolverse— en ese mismo régimen de silencio.

De la mística a la fricción política

La segunda parte del proyecto introduce la greguería como forma de tensión entre lo sagrado, lo grotesco y lo político, en diálogo con Ramón del Valle-Inclán. Aquí el tono cambia: del recogimiento se pasa a la fricción.

La reinterpretación de la Apoteosis de Claudio (conservada en el Museo del Prado) señala cómo lo espiritual puede instrumentalizarse como propaganda. Y la obra El perro, nacida de una experiencia en Guatemala vinculada a la memoria de la violencia política bajo el régimen de Efraín Ríos Montt, introduce una dimensión inquietante: la persistencia del miedo como estructura.

Una tensión no resuelta

El proyecto no intenta armonizar estos dos registros —el místico y el crítico—, sino mantenerlos en tensión. Y quizá ahí reside su mayor interés.

Porque, en el fondo, el dislate sanjuanista y la greguería moderna comparten algo esencial: ambos fuerzan el lenguaje para abrir un espacio de sentido donde la lógica habitual no alcanza.

Urbano parece sugerir que ese espacio —hecho de paradoja, silencio y, a veces, de humor— sigue siendo necesario: tanto para pensar la experiencia espiritual como para enfrentarse a las formas contemporáneas del poder y la memoria.

Imágenes de la exposición en este enlace a la web de la galería


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