La mujer que eligió perderse

8 de marzo, otra vez. Hoy viene a mi memoria una frase que parece insignificante, pero que tiene la capacidad de resonar dentro, y volver una y otra vez. La pronuncia una mujer.

Una mujer que, según todos los indicios externos, ha desaparecido del mapa. No está donde se la espera. No cumple con lo que se supone que debería cumplir. Ha dejado atrás sus tareas, sus rutinas, su pequeño territorio doméstico —su “ganado”, dice el poema, con esa palabra tan antigua y tan concreta. Y cuando el entorno murmura, cuando otros concluyen que se ha extraviado, que se ha desviado, que en fin, se ha perdido… ella contesta con una serenidad casi insolente:

«Andando enamorada, me hice perdidiza, y fui ganada».

Lo escribió Juan de la Cruz, en pleno siglo XVI, cuando las mujeres tenían más silencios que voz y más límites que puertas abiertas. No podían estudiar teología. No podían enseñar públicamente. Ni siquiera podían ocupar un espacio intelectual reconocido sin levantar sospechas.

Y sin embargo, este fraile eligió hablar desde dentro de una conciencia femenina. No sobre ella. Desde ella.

Porque la mujer del Cántico espiritual no es la típica enamorada que espera sentada junto a la ventana, suspirando con paciencia ejemplar mientras el mundo sigue su curso. No. Esta mujer se mueve. Sale. Pregunta. Se adentra en territorios inciertos. Cruza montes, atraviesa soledades, desafía lo que haga falta. Incluso hiere al Amado con la intensidad de su mirada. No es poca cosa.

Es pastora, es hortelana, es buscadora incansable. Y sobre todo, es quien toma la iniciativa de extraviarse. Nadie la empuja ni la obliga. Se pierde porque quiere perderse. Porque algo —Alguien— tira de ella con más fuerza que cualquier norma.

Y esa voz femenina no es un recurso literario superficial, sino el eje del poema. Todo pasa a través de ella, desde la primera inquietud hasta ese descanso final que no suena a final, sino a llegada.

Hay detalles que dicen mucho, aunque a veces pasen desapercibidos. Por ejemplo: Juan de la Cruz dedicó el poema a Ana de Jesús, priora de las carmelitas descalzas de Granada y amiga. No a un teólogo prestigioso. No a un superior eclesiástico. A una mujer. Y otro de sus grandes textos, Llama de amor viva, surgió porque otra mujer, Ana de Peñalosa, se lo pidió.

Pero volvamos a esa frase inicial. Porque ahí está el núcleo del asunto.

«Me hice perdidiza». No dice “me perdí”. Dice “me hice”. Hubo decisión. Hubo voluntad. Hubo conciencia. No es el descuido de quien tropieza. Es la elección de quien suelta.

Y aquí viene lo incómodo, o lo provocador, según se mire: lo que desde fuera parece pérdida, desde dentro es ganancia. Una inversión total de la lógica cotidiana. Casi un escándalo conceptual.

Porque vivimos acumulando. Experiencias, logros, identidad, reconocimiento, lo que sea. Construimos el yo como quien levanta una torre con piezas cuidadosamente apiladas. Y, sin embargo, este poema sugiere lo contrario: que hay una plenitud que solo aparece cuando uno deja de aferrarse. Cuando suelta el control. Cuando se arriesga a no tener garantías.

Suena peligroso, lo sé. Y sí, también podría malinterpretarse, sobre todo si uno piensa en la larga historia de discursos que han pedido a las mujeres que se sacrifiquen, que se borren, que se diluyan “por amor”. Sería ingenuo ignorarlo.

Pero aquí hay una entrega que nace desde dentro, no impuesta desde fuera.

Y además —esto es importante—, el propio Juan de la Cruz no reserva esta lógica solo para la mujer. La aplica a figuras como san Pablo, al rey David, incluso a Cristo. Es una ley universal, según él. La llama, con un término griego que suena técnico pero es profundamente humano: kenosis. Vaciamiento. Espacio creado para que algo mayor pueda habitar.

Aunque, curiosamente, es en la figura femenina donde esta verdad aparece con una claridad casi luminosa. Como si ella la entendiera sin necesidad de teorizarla. Como si la viviera, simplemente.

El autor podría haber usado un protagonista masculino. Habría sido lo esperable. Lo cómodo. Lo convencional. Pero no lo hizo.

Y no la presenta como inferior. Al contrario. En el punto culminante del poema, la llama “hermana” del Amado. Hermana. Una palabra que no implica subordinación, sino igualdad radical. Paridad. Una relación sin dominio ni dependencia, sostenida por una reciprocidad viva.

Ismael Bengoechea, contabilizaba 311 mujeres vinculadas de forma directa a la vida y obra del santo. Trescientas once. No como espectadoras pasivas, sino como interlocutoras reales, con nombre, rostro e influencia. Y cuando el fraile menciona a Teresa de Jesús la coloca al lado de nombres tan prestigiosos como san Agustín. Como si fuera lo más natural del mundo. Porque, para él, lo era.

Hoy, leer esto produce una mezcla rara de sorpresa y reconocimiento. Porque, aunque pertenece a otro siglo —otro universo mental, casi—, hay algo en esa intuición que sigue resultando incómodamente actual. Porque perderse no siempre es fracasar y hay formas de plenitud que no hacen ruido.

El Cántico propone la lógica del Evangelio, la del don total que no se pierde en la entrega.

Y al final, quizás lo más importante sea este sencillo dato: un hombre del siglo XVI, con todo el peso de su cultura encima, se sentó a escribir sobre la experiencia humana más profunda que era capaz de imaginar. Y cuando tuvo que elegir quién hablaba, quién buscaba, quién encontraba… eligió una mujer.

No como concesión. Como evidencia.

Cinco siglos después, el gesto sigue ahí, quieto dentro del poema. Esperando que alguien lo note.

Basado en el artículo de Juan Francisco Pinilla A., «Perderse para ser ganada. Realización de la mujer, bajo el símbolo del alma esposa en el Cántico espiritual de Juan de la Cruz», publicado en Theologica Xaveriana (2021)


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