En el marco de los miércoles teresianos organizados por la basílica de la Santa de Ávila, el pasado 11 de febrero, se presentó una reflexión del P. Salvador Ros, ocd, sobre la relación entre Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. A lo largo de su exposición, el P. Ros presentó un recorrido histórico y espiritual por los hechos que permiten comprender la naturaleza de su amistad.
El encuentro entre ambos puede situarse con bastante probabilidad en la primera semana de octubre de 1567 en Medina del Campo. Teresa tiene entonces 52 años; Juan, 25. Dos vidas en momentos muy distintos, pero convergentes.
Teresa llega a Medina con un proyecto claro: extender a los frailes la reforma que ya ha comenzado entre las monjas. Busca colaboradores que posean tres cualidades que ella misma consideraba indispensables en un maestro espiritual: buen entendimiento, experiencia y letras. La experiencia personal le había enseñado la necesidad de directores capaces de discernir lo natural y lo sobrenatural con juicio y con conocimiento de la Escritura.
Su reforma no pretende recuperar un rigor medieval, sino crear comunidades fundadas en la amistad espiritual y la comunicación fraterna. Para Teresa, la vida religiosa debía sostenerse en la oración, la relación comunitaria y una guía espiritual competente.
El joven carmelita que Teresa encuentra no es todavía el místico consagrado por la tradición. Juan atraviesa una crisis profunda. Ordenado sacerdote recientemente, ha decidido abandonar la Orden para ingresar en la Cartuja, atraído por el ideal de rigor que marcaba muchos movimientos reformistas del siglo XVI.
Ese dato resulta decisivo: el encuentro con Teresa no confirma un camino ya trazado, sino que cambia su rumbo. La santa le propone permanecer en su Orden y participar en un proyecto de reforma distinto, centrado no en la aspereza exterior sino en la transformación interior.
Juan acepta esperar. Regresa a Salamanca para estudiar teología y, poco después, se incorpora al nuevo camino descalzo.
Uno de los puntos más sugerentes de la conferencia fue la insistencia en el carácter humanista de la reforma teresiana. Frente a tendencias que identificaban renovación con endurecimiento disciplinar, Teresa introduce elementos que hoy llamaríamos pedagógicos. Este enfoque marcó también la formación inicial de Juan. Teresa lo instruye personalmente en el “modo de proceder” que quiere para sus frailes: vida fraterna, moderación, oración profunda y servicio apostólico.
Desde 1567 hasta la muerte de Teresa en 1582, ambos comparten quince años de colaboración intensa. Juan participa en los comienzos de la reforma masculina, ejerce como confesor y vicario en la Encarnación de Ávila y se convierte en uno de los directores espirituales más valorados por Teresa.
La santa expresa reiteradamente su confianza en él. Lo describe como hombre de oración, prudente, equilibrado y plenamente adecuado para el nuevo estilo de vida. Según su testimonio, produce gran provecho espiritual en quienes lo tratan.
El influjo fue mutuo. Teresa reconoce en Juan un guía espiritual capaz de comprender su experiencia mística. Bajo su dirección alcanza las gracias más altas descritas en las Moradas. Por su parte, Juan conoce de primera mano la experiencia interior de Teresa y la asume como referencia viva de su propia doctrina espiritual.
Durante el encarcelamiento de Juan en Toledo (1577–1578), Teresa manifiesta una preocupación constante y activa. Sus cartas muestran angustia por su salud, gestiones ante autoridades y una profunda valoración espiritual de su sufrimiento. Lo presenta como mártir de la reforma.
Este episodio revela un rasgo decisivo de su relación: no se trata solo de colaboración institucional, sino de una verdadera comunión espiritual sostenida en la adversidad.
La conferencia concluye con una caracterización precisa: no fue amistad de camaradería ni simple cooperación de gobierno. Fue una amistad espiritual al servicio de una misión común.