Mi diario en el Carmelo de Fradinho

Hoy queremos presentaros un libro reciente de la editorial Monte Carmelo: Mi diario en el Carmelo de Fradinho. Un camino de sanación. El autor, Víctor Manuel Marí, profesor universitario, recoge en primera persona su estancia de seis meses en Braga, invitado por la Universidad. Allí, se aloja en el albergue del convento de los carmelitas descalzos. Lo encontramos recién operado de un cáncer, cansado de un sistema universitario que él mismo describe como tóxico y marcado por un hostigamiento institucional que ha erosionado no solo su cuerpo, sino también su espíritu. Inspirado por Henri Nouwen, decide empezar un diario con la esperanza de que la escritura —como ocurrió en el caso del autor holandés— pueda convertirse en un proceso de sanación para él.

El escenario de ese proceso interior no es un retiro idílico. Vemos una residencia donde la convivencia no siempre resulta sencilla, una ciudad en la que a veces siente que sus únicas conversaciones son con dependientes de tiendas o restaurantes, las visitas a Cáritas o las sesiones con Igor, el fisioterapeuta, que le ayuda a atender no solo las cicatrices del cuerpo, sino también las del alma. Precisamente en esa cotidianeidad reside una de las fuerzas del libro: la experiencia espiritual se narra desde la cocina compartida, la consulta médica o la lavandería.

En ese contexto, aparece, poco a poco, la figura de Fradinho, un carmelita con fama de santo, cuya estatua recibe al visitante a la entrada del convento. Con el tiempo, se convierte en una especie de compañero de camino y también en un espejo. Víctor lee varias obras sobre él, pregunta a quienes lo conocen y recorre las mismas calles que aquel religioso que caminó desde Lisboa hasta Braga en una época en la que las órdenes religiosas habían sido suprimidas. En su biografía, descubre la posibilidad de una vida monástica “en medio del mundo”, algo que hoy resulta sorprendentemente cercano. En diálogo con Fradinho y con figuras como Charles de Foucauld, el autor reconoce en ese santo popular a un “sanador herido”: alguien marcado por sus propias cicatrices, capaz de vivir contracorriente, sostenido por Dios en una sociedad que negaba lo trascendente.

A medida que avanza el Diario, la sanación aparece como un aprendizaje lento, una forma nueva de mirar y de situarse ante la propia vida. La Palabra de Dios de cada día recorre las páginas y se convierte en un criterio desde el que contrastar emociones, actitudes y decisiones. El proceso exige paciencia y honestidad. También implica aprender a aceptar los propios límites sin dramatismos: no como derrota, sino como una fuente posible de serenidad. En esa clave aparece la convicción de que el camino de la Cruz es también camino de luz, aunque a veces cueste reconocer “el hoy de Dios”.

El libro contiene también una crítica al sistema universitario, al narcisismo académico y a ciertas dinámicas de autoexplotación que Byung-Chul Han ha analizado con lucidez. Aquí esas dinámicas adquieren rostro concreto en cargos, silencios y complicidades. Sin embargo, el relato evita quedarse en la queja. En lugar de alimentar el resentimiento o la resignación, el autor intenta abrir un camino alternativo y empieza a descubrir su autoexilio como una especie de hospital del alma.

La dimensión contemplativa del Diario no se limita a los momentos de oración explícita. Víctor ejercita una mirada capaz de detenerse en lo aparentemente insignificante —un gesto en la calle, una conversación breve, el cuidado de una planta…— y reconocer ahí una huella de Dios. Está convencido de que «lo fundamental es tan efímero que nos pasa desapercibido». La música ocupa un lugar importante en estas páginas: funciona como un hilo interior que lo sostiene y sin el cual —confiesa— difícilmente habría podido atravesar la experiencia vivida en Braga.

En la tercera parte —titulada significativamente “Subida al Monte Carmelo”— encontramos el rastro de Juan de la Cruz. El autor afronta de manera directa sus miedos y sus sombras, así como la tentación de dejar de ser él mismo para poder sobrevivir en estructuras laborales agresivas. El acompañamiento de frei João le ayuda a mirar de otro modo su estancia en Braga: ya no como castigo ni simple huida, sino como una oportunidad. Descubre, además, que muchas otras personas viven situaciones parecidas y que Cristo camina por delante también en el sufrimiento. La expresión “la luz oscura de la fe”, que recoge de su acompañante, resume bien el tono espiritual del libro: una fe despojada de apoyos visibles que avanza en medio de grietas más que de certezas tranquilizadoras.

El Diario se cierra con una “entrevista imposible”, un diálogo con Fradinho, que funciona al mismo tiempo como examen de conciencia y como invitación al lector. Víctor reconoce que este tiempo le ha permitido recuperar su centro. Comprende que durante un periodo intentó superar las dificultades dejando de ser él mismo y que ahora la salida pasa por algo distinto: redescubrir su propio ser, desprenderse de lo accesorio y vivir más centrado en Dios. Al despedirse de la imagen de Fradinho, admite que su conocimiento de él apenas ha comenzado y expresa el deseo de que el camino de sanación recorrido pueda ayudar también a otros a alimentar su fe y a vivir con más sentido.

Publicar un diario así —con esta mezcla de vulnerabilidad, reflexión crítica y búsqueda espiritual— es un gesto valiente en un tiempo en que se potencia la autopromoción y se esconden las heridas. Por eso, el libro nos deja una fuerte sensación de autenticidad. Desde estas páginas, el autor no ofrece soluciones rápidas, pero sí compañía y luz a quien también necesite convertir un tramo de su vida en un hospital del alma.

Título Mi diario en el Carmelo de Fradinho. Un camino de sanación
Autor Víctor Manuel Marí Sáez
Editorial Monte Carmelo. Grupo editorial Fonte
Año 2025
Nº de páginas 396

Puedes leer el comienzo del libro en este enlace


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