El último número de la Revista de Espiritualidad, que acaba de publicarse, incluye un estudio dedicado a la relación epistolar entre la beata Ana de Jesús (1545–1621) y el agustino Diego de Guevara. El artículo analiza un conjunto de cartas que permiten asomarse al modo en que una mujer carmelita ejerce el acompañamiento espiritual fuera de los cauces estrictamente internos de su Orden. Lleva por título: «Sea para solo su pecho. La correspondencia espiritual de Ana de Jesús con Diego de Guevara, osa».
Una figura clave del Carmelo teresiano
Ana de Jesús Lobera, discípula directa de santa Teresa de Jesús, desempeñó un papel decisivo en la consolidación y expansión de la descalcez. Fundadora, priora, defensora de las Constituciones teresianas y colaboradora en la transmisión de los escritos de Teresa, su figura ha quedado a menudo fijada en claves de fortaleza y liderazgo. Sin embargo, sus cartas permiten completar ese retrato con matices adicionales.
A diferencia de otras mujeres de la primera descalcez, Ana no fue prolija en la escritura por iniciativa propia. Sus textos nacen casi siempre a requerimiento de otros. Precisamente por eso, la correspondencia se convierte en una vía privilegiada para conocer su mundo interior, su modo de discernir y su forma concreta de acompañar a otros.
Diego de Guevara, destinatario y confidente
El destinatario de estas cartas, Diego de Guevara (1567–1633), fue un agustino de notable relieve dentro de su Orden. Coincidió con Ana de Jesús en Salamanca entre 1594 y 1602, y a partir de ahí, se estableció entre ambos una relación espiritual sostenida durante casi dos décadas.
Se conservan hoy treinta y una cartas dirigidas por Ana a Guevara, escritas desde Salamanca y Bruselas. En ellas se percibe una relación compleja, que no encaja sin más en el esquema clásico de director espiritual y dirigida. A veces, Guevara actúa como confesor; en muchas otras, es Ana quien orienta, exhorta, consuela y corrige.
Una correspondencia de acompañamiento espiritual
El estudio muestra que Ana de Jesús ejerce, en buena parte de estas cartas, como auténtica acompañante espiritual. No se limita a ofrecer palabras de ánimo: discierne vivencias interiores, corrige actitudes que juzga poco evangélicas, exhorta a la confianza en la providencia y remite constantemente al ejemplo de Cristo.
Cuando Guevara atraviesa momentos de desaliento —especialmente en los primeros años de su priorato en Bilbao—, Ana no dulcifica el diagnóstico. Le reprocha con claridad la pusilanimidad, le recuerda la exigencia del cargo recibido y le invita a vivir el gobierno como lugar teológico, donde se experimenta la fidelidad de Dios. Todo ello sin perder un tono profundamente personal, marcado por la amistad espiritual y una confianza recíproca bien asentada.
Libertad interior y herencia teresiana
Este modo de acompañar se sitúa claramente en la estela de santa Teresa. Como ella, Ana se mueve con libertad respecto a los confesores y no absolutiza las mediaciones humanas. La correspondencia con Guevara muestra hasta qué punto esta libertad no era un rasgo aislado, sino una herencia viva del carisma teresiano.
Las cartas revelan también la capacidad de Ana para combinar firmeza y ternura, autoridad espiritual y cercanía afectiva. No hay en ellas un vocabulario propio de la mística literaria, ni elaboraciones doctrinales sistemáticas, pero sí una notable finura en el discernimiento y un profundo conocimiento de la condición humana.
Ana vulnerable: la mujer que confía
Pero estas cartas también nos muestran otra Ana: la mujer que necesita desahogarse, que busca un confidente para sus experiencias más íntimas. A Diego le cuenta una vivencia profunda que afirma no haber compartido con nadie más: es solo para su pecho, para su corazón. Le confiesa su nostalgia de España, su deseo intenso de regresar a Salamanca, y cómo una palabra interior del Santísimo Sacramento transformó ese anhelo.
Le habla de su devoción por las imágenes de Cristo crucificado, que la conmueven tanto como una revelación. Le cuenta cómo se deshacía en Navidad pensando en los que no conocen a Jesús. Y guarda sus cartas para releerlas y aprovecharse espiritualmente de ellas.
El peso de la enfermedad y la noche
Los últimos años traen un giro dramático. Ana, gravemente enferma, paralizada, incapaz de confesarse con claridad, atraviesa una terrible noche del espíritu. Escribe a Diego con desgarradora sinceridad sobre sus dolores, comparándose con Job, a quien al menos le dejaron la lengua para hablar.
Se queja también de las presiones cortesanas en Bruselas: los príncipes y los prelados la obligan a seguir como priora cuando apenas puede moverse.
Guevara testimoniará después de su muerte que Ana padeció una sequedad grandísima y un desamparo de Dios, acompañados de fuertes tentaciones. En esos últimos años, los papeles se invierten: ya no es Ana quien sostiene a Diego, sino Diego quien acompaña a Ana en su calvario.
Un material de gran valor histórico y espiritual
Además de su interés espiritual, esta correspondencia aporta datos relevantes para la historia de las relaciones entre órdenes religiosas en el entorno postridentino, así como para el estudio de la influencia del Carmelo teresiano en otros movimientos de reforma, como el de los agustinos recoletos.
Leídas hoy, estas cartas permiten reconocer a Ana de Jesús no solo como fundadora y transmisora del legado teresiano, sino también como mujer de gobierno “interior”, capaz de acompañar procesos complejos con lucidez evangélica y libertad de espíritu.
REFERENCIA
María José Pérez González, «Sea para solo su pecho. La correspondencia espiritual de Ana de Jesús con Diego de Guevara, osa», Revista de Espiritualidad 84 (2025), 365–398.