Un milagro perpetuo. Teresa de Jesús en Juan Valera

VALERAPedro Paricio Aucejo

Después de la irrupción en la literatura española decimonónica de un breve período de intenso romanticismo, la afición de este movimiento por lo subjetivo, lo irracional y lo alejado del mundo circundante… fue sustituida por la tendencia antagónica hacia una objetividad de lo existente, una cercanía por el interés social y un lenguaje popular que retrate con fidelidad cuanto acontece. Esta actitud –iniciada en la segunda mitad del siglo con el realismo literario–, al llevarse a su máximo extremo, dio pie al estilo naturalista con que se cierra la centuria.

En el caso del realismo, aunque con ambientes e intensidades diferentes, encuentra su representación culminante en las obras de José María de Pereda, Benito Pérez Galdós y Juan Valera. Este último (1824-1905), además de diplomático, político, director de periódicos y revistas y académico, fue un prolífico autor cuyo ameno estilismo e ingente cultura –una de las más amplias de su época– le granjeó el respeto de renombrados escritores de la Generación del 98. Abarcó la totalidad de géneros, destacando sobre todo como uno de los mejores exponentes del XIX español en prosa y crítica literaria.

Estas circunstancias, presididas por su talante liberal, propiciaron que, a pesar de su escepticismo religioso, el 30 de marzo de 1879 dedicara a la figura de Santa Teresa de Jesús su contestación al discurso de recepción del conde de Casa-Valencia en la Real Academia Española. Bajo el título ´Elogio de Santa Teresa´, el ilustre cordobés llevó a cabo una verdadera exaltación de la carmelita abulense como mujer, escritora, mística y santa.

Después de advertir que su juicio sobre ella no iba a ser como el de muchos fervorosos católicos contemporáneos de la monja castellana –que la ensalzaron por impulso de su fe–, sino el propio de un hombre del siglo XIX con pensamientos, aspiraciones e ideales diferentes a los religiosos, reconoció con elegancia su admiración por la Santa y la estimó como una de las mayores glorias de España. Más aún, se atrevió a decir que, aun considerándola profanamente, “vale más que cuantas mujeres escribieron en el mundo… Toda mujer, que en las naciones de Europa, desde que son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun queda inmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa.”

Por mor de su probada autoridad literaria, fundamentó estos elogios basándose en el contenido y en la forma de la obra de la Doctora de la Iglesia. En cuanto al primero, afirmó que la filosofía que allí se establece no es mera especulación, sino que se transforma en hechos y toda se ejecuta. No es misticismo inerte y egoísta el suyo, sino que, desde el centro del alma –abrazada con lo infinito– cobra mayor aliento porque Dios le ´ordena la caridad´, arde en amor al prójimo y se afana por su bien. Hay, pues, en sus textos “un interés inmortal, un valer imperecedero, y verdades que no se negarán nunca, y bellezas de fondo que las bellezas de la forma hacen patentes y visibles”.

Por lo que atañe a esta, el estilo literario de la descalza de Ávila, “a los ojos desapasionados de la crítica más fría, es un milagro perpetuo y ascendente”, que llega a su colmo en Moradas del Castillo interior. Su hechizo es pasmoso. Con naturalidad y gracia en el decir, empleó certeramente el lenguaje para explicar lo más delicado y oscuro de la mente y mostrarnos el mundo interior, lo infinito y lo eterno, que están en el abismo del alma humana, donde el mismo Dios vive.

Esto hizo que la teología mística fuese para la Santa una ciencia de observación: que descubre y lee en sí misma, en el seno más hondo de su espíritu, atravesando la oscuridad, iluminándolo todo con luz clara y estudiando y reconociendo su ser interior, sus facultades y potencias, con aguda perspicacia: “no es el estilo, no es la fantasía, no es la virtud de la palabra lo que nos persuade, sino la sincera e irresistible aparición de la verdad en la palabra misma”. Por ello, Juan Valera no solo vio en Moradas la más penetrante intuición de aquella ciencia trascendente, sino que consideró que Teresa de Jesús llegó a la cumbre de la metafísica y tuvo la visión intelectual y pura de lo absoluto.

En fin, para el académico andaluz todas estas razones evidencian la innegable realidad de una mujer –escritora, mística y santa– de “alma hermosísima, que ella nos muestra con sencillo candor, pero, hundiéndose luego en los abismos de esa alma, nos arrebata en pos de sí, y ya no es su alma lo que vemos, sin dejar de ver su alma, sino algo más rico que el Universo, y más luminoso que un mar de soles. La mente se pierde y se confunde con lo divino; mas no queda allí aniquilada e inerte: allí entiende; pero luego resurge y vuelve al mundo pequeño en que vive con el cuerpo, corroborada por aquel baño celestial y capacitada y pronta para la acción, para el bien y para las luchas y victorias que debe empeñar y ganar en esta existencia terrena”.


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