Si la prestigiosa figura del doctor Gregorio Marañón (1887-1960) proyectó su luminaria sobre buena parte de la cultura española del pasado siglo, el despliegue de su intensa actividad científica y humanística alcanzó también una gran repercusión internacional. Solo la relevancia de sus obras como maestro del ´ensayo biológico´ (un género literario singular e inédito con el que abordó el análisis de las grandes pasiones humanas a través de personajes históricos: el Conde-Duque de Olivares, el Greco, Antonio Pérez, Tiberio, Don Juan…) justificarían toda una vida de esfuerzo e investigación. Su desbordante actividad intelectual y social adquirió especial relieve como académico de número de cinco Reales Academias de España y autor de más de 500 monografías centradas en la medicina en general y la endocrinología en particular, de conocidos libros históricos y de pensamiento, de numerosos artículos, discursos, conferencias y prólogos de libros.
En uno de estos preámbulos¹ evidencia su rotunda admiración por la Santa de Ávila, al tiempo que radiografía sintéticamente lo más granado de su personalidad humana, espiritual y literaria. Precisamente esta última es la que, según Marañón, nos permite captar la grandeza y la eficacia de la monja castellana en los otros planos de su existencia, pues no solo toda su vida está escrita por ella misma en su autobiografía, sino que, por extraño que le sea el tema tratado, en su obra literaria “deja jirones de su personalidad, como deja el cordero copos de su lana entre las zarzas”.
Este hecho de dejar trasparentar su vida en todo lo que escribe –inconsciente y nunca pretendido por la mística abulense, si bien transformado en arte– es, para el célebre amante de Toledo, una de las notas más auténticas de la superioridad de un escritor. En este ámbito, raro será, desde su tiempo al nuestro, el escritor o pensador que, siquiera sea una vez, no se haya sentido tangente al pensamiento de Santa Teresa. Sus páginas pasman y cautivan a cristianos y no cristianos, arrebatan incluso a los incrédulos. Más aún, su espíritu sigue hoy en día latiendo en cada una de sus palabras, hasta el punto que, cuando se abre ahora cualquiera de sus libros, emana de él un vivo perfume, el mismo que tenía cuando lo escribió –empuñando la pluma por obediencia– con su mano cansada por el trabajo del día. Un sentido humano vital, jubiloso, chispeante a veces de auténtica gracia popular, hace inmortal la obra literaria de la Santa en todas las lenguas del mundo.
Pero no solo se vislumbra este talante en su obra literaria. Lo más extraordinario que hay en nuestra doctora de la Iglesia es que aquella actualidad de sus palabras a través de sus siglos se da también en la vigencia de su espíritu en cada uno de sus discípulos. En efecto, su itinerario de perfección –que alcanza cimas inaccesibles– ha cubierto las naciones de conventos, transformándolo en camino de increíble largura. Para Marañón, “es un espectáculo maravilloso ver en el libro de ´Las Fundaciones´ estremecerse, arder, estallar el impulso creador, que no dejó jamás en sosiego a la Santa”. De la nada surgieron sus monasterios, en los que para Teresa de Ávila solo contaba la responsabilidad de tener una nueva casa de Dios. Ella les comunicó no solo su pasión mística, sino también su alegría, que no es fugaz ruido venido del exterior, sino serena y transparente efusión brotada en lo más profundo del manantial humano. Este hontanar único es el que permite explicar, según el ilustre médico de cuerpos y almas, cómo –a pesar de que al principio de cada una de sus empresas se la tuviese por loca sin serlo– hoy en día se percibe con claridad científica que “la razón está amasada con aquellas presuntas sinrazones y no con el razonamiento complaciente de los espíritus críticos incapaces de siembra alguna”.
Por todo ello se comprende que Santa Teresa sea, en la historia de la espiritualidad católica, el motor esencial de ese instante supremo de la especie humana que es el misticismo español. Supone un momento superior en esa trayectoria precisamente porque no se contentó con soñar sin más, ni siquiera con vivir su sueño de amor divino, sino porque además fue por antonomasia ´la Fundadora´, errante por todos los caminos. Basta leer su vida para comprender el heroico proceso de una lucha que le permitió alcanzar el sometimiento de su carne mortal al alma sublimada por el sacrificio. Es así como franqueó las fronteras ante las que se detienen la mayor parte de los hombres, perdiéndose en el horizonte sin límites de lo excepcional. Pero –al igual que sucede con otros seres excepcionales como la Santa andariega–, “gracias a ella prosigue el mundo en su ascensión inexorable”.
¹Cfr. Prólogo de GREGORIO MARAÑÓN a Le Livre des Fondations de Sainte Thérèse de Jesús, Paris, Desclée de Brouwer, 1952, en LONGINOS SOLANA, Dr. Gregorio Marañón. Su persona, Sus personajes. Su obra, Burgos, Monte Carmelo, 2010, pp. 352-355.

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