
Pilar Serrano de Menchén es una poeta, articulista, investigadora, conferenciante y animadora cultural, nacida en Argamasilla de Alba. Hoy publica en el diario Lanza Digital un artículo en el que se recrea la llegada de Teresa y sus hermanas a la villa de Malagón (Ciudad Real). En ella abrieron un monasterio patrocinado por doña Luisa de la Cerda, que se convertiría en la tercera fundación teresiana, después de Ávila y Medina del Campo. Reproducimos parte del artículo y remitimos al diario para leerlo completo.
Santa Teresa de Jesús y Malagón
Pilar Serrano de Menchén
Abrimos un espacio de cuatrocientos años y nos encontramos con Teresa Ahumada; llamada así por ella misma antes de comenzar su “reforma”. Sonriente, a pesar de sus sesenta y tres años, cruza las soledades y las asperezas de una tierra insomne: Castilla, Madrid, Toledo, la Mancha…. Un coro de amigas-monjas la sigue: entre ellas la que iba a ser la primera priora de Malagón: Ana de los Ángeles. «Hermanas, dice la Madre Teresa con su voz dulce, sumando mentalmente las leguas: ¿cuánto falta para llegar a Malagón?…». Y suspira, mientras una luz sonora versifica su palabra para que todos recemos al unísono por esta su tercera fundación; la que tantos frutos ha dado al cabo de cuatro siglos a una tierra: vital e íntima, paciente, sosegada y viva para el Amor de la Santa de Ávila.
Fue en el año del Señor de 1567, en un octubre otoñal de dorados y de oraciones, cuando la comitiva sale de Medina del Campo. “Un agua trae a otra”, dijo Teresa, dando a entender lo principal. Ya había “parlado” mucho y a lo íntimo de la fundación malagonera con doña Luisa de la Cerda, cuando ésta quedó viuda del mariscal de Castilla: Arias Pardo de Saavedra, y Teresa la visitó en Toledo. Pero ahora, otra vez, volvía a los tan conocidos caminos.
Mas antes de llegar a Malagón, bendito sea el Señor, hubo de parar, descansar varias veces, acudir a algunos asuntos de importancia: entre otros poner cordura en el convento de la Imagen, donde unas beatas carmelitas hacían exceso de penitencias y visiones.No llegaría a tan notoria Villa hasta la primavera de 1568. En el entretanto hubo de disponer todo lo necesario para “fundar” el que después se llamaría Convento de San Joseph. Permisos, escrituras, capitulaciones…; y múltiples conversaciones con doña Luisa respecto a la renta con la que debía sostenerse el Monasterio.
Dos opciones había para llevar a cabo el proyecto: fundar de renta o pobreza. Malagón era una villa pequeña.
Y aunque era verdad que estaba ratificada de señorío y pertenecía a doña Luisa; Carlos V ya la había privatizado para obtener recursos con los que sostener la Corona. Los malagoneros vivían de la agricultura; pero la cuestión radicaba en lo platicado con la que pretendía ser benefactora de dicho Convento.
En verdad que doña Luisa se resistía. No eran las rentas ahora tan abundantes como antaño. Pero estaba escrito en el infinito que aquel Convento de San Joseph se había de fundar. La mano de la Providencia se hizo milagro en el consejo del dominico P. Báñez. Más que santo era letrado.
Fue el P. Báñez, apoyado en el Concilio de Trento, el que le hizo ver a la Madre Teresa: “Que no estaba bien desistir de una fundación que podría ser útil a Dios y producir tanto bien, por causa de la devoción a la pobreza”.
Doña Luisa, también fue convencida. Y haciendo honor a su nombre, dotó al Monasterio (además de pagar todos los gastos de la construcción del Convento) con 400 ducados y 100 fanegas de trigo. Cuando oyó la cifra, la Madre Teresa sonrió beatífica; porque su amiga “había dado bastante renta”. En realidad la Santa no era partidaria de que las monjas: “Hubieran de importunar a nadie para todo lo que fuere menester”.
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