El encuentro personal: Teresa en Dankelman

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Pedro Paricio Aucejo

Es harto conocido que para calibrar la hermosura y dignidad del alma humana, hecha a imagen de Dios, Teresa de Ávila, en el comienzo de Las Moradas, recurre a considerarla “como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos”. Sin embargo, la Santa no ignora la torpeza del hombre para estimar semejante grandeza, por lo que, a renglón seguido, continúa diciendo: “Qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos… Esto es lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones; porque, si Él no guarda la ciudad, en vano trabajaremos, pues somos la misma vanidad.”

De esta imagen de Santa Teresa se sirve John Dankelman en su obra La respuesta del hombre. El misterio de la existencia humana. Y lo hace para tratar la que considera que es la cuestión esencial de la vida cristiana, la de las relaciones entre el hombre y Dios, planteada también en otras publicaciones suyas. Este sacerdote, ordenado en 1938 tras estudiar en el seminario de los Redentoristas de Nijmegen y en la Academia de Wittem –y que posteriormente fue director del Centro y Casa de retiros de educación permanente “De Zwanenhof” (Zenderen), así como profesor invitado en la Universidad católica de Duquesne (Pittsburg), en Estados Unidos, y se ocupó también de la reestructuración de la pastoral regional y del movimiento ecuménico en la archidiócesis de Utrech–, nació en 1914 en Lisse.

Situada en los Países Bajos, en la zona meridional de Holanda, esta bella localidad –que cuenta ya con más de ochocientos años de existencia–, aunque desde hace siglos ha gozado de un próspero comercio y una cierta gloria, se ha convertido en las últimas décadas en una atractiva población turística como consecuencia de su rica floricultura. El suelo arenoso de la región, sumamente fértil para el cultivo de flores y bulbos, se ha visto explotado desde centurias, hasta el punto de convertirse la zona, por mor del negocio de los bulbos y la instalación de grandes cultivadores y cooperativas, en un floreciente foco exportador de estos productos. Durante la primavera, época en que se produce la floración de los tulipanes, los jardines de Lisse y los campos de su entorno son visitados por miles de turistas que contemplan la hermosura de las múltiples especies diferentes de esta flor, convertida ya en símbolo del país y parte inseparable de su paisaje, de su economía y de su historia. Sin embargo, para que ese momento de la floración se produzca adecuadamente, es necesario un subterráneo proceso de almacenamiento de nutrientes que, en lento y silencioso crecimiento orgánico, haga al fin estallar su belleza en forma de turbante vegetal. No en balde, la etimología del término castellano tulipán procede de los vocablos correspondientes turco y persa –en cuyos territorios se cultivaron originariamente como plantas ornamentales– y que, en ambos casos, significan ´turbante´, haciendo referencia a la forma que adopta esta flor cuando está cerrada.

Precisamente de este tipo de crecimiento –pero en el ámbito de la relación entre el hombre y Dios– es del que habla John Dankelman en aquella obra antes citada¹. Para este autor, el encuentro personal con el Dios vivo, en un amor recíproco, exige un clima de crecimiento silencioso, interior, orgánico, propio de una vida profunda. Es con ocasión de explicar el desarrollo de este clima y algunas de las circunstancias que rodean aquel crucial encuentro cuando Dankelman recurre al símil teresiano del castillo interior, mencionado al comienzo de este escrito. Y lo hace de la siguiente manera: “En efecto, el hombre existe al mismo tiempo en zonas muy diferentes. O dicho de otro modo, y por tomar prestada una imagen de Santa Teresa de Ávila, es una fortaleza con innumerables fosos, murallas, pasadizos, torres vigía. Todos estos elementos están agrupados en círculos concéntricos alrededor del torreón central, cámara o morada la más íntima, donde el hombre se encuentra lo más cerca posible de sí mismo y a partir de la cual anima a todo el resto, por manera que todo constituye un conjunto vivo, orgánico y misterioso.”²

Es después de esa cita cuando Dankelman –extrapolando la configuración simbólica de dicha estructura psíquica teresiana a las relaciones interpersonales– argumenta³ que, “sin embargo, el hombre tiene la posibilidad de abrir por separado e independientemente unos de otros los diferentes sectores de su personalidad concreta”. Por lo que, siguiendo su razonamiento, “puede suceder muy bien que no deje entrar al ´otro´ más que en una de las estancias secundarias, dando la impresión de que ha hecho descender, para él y en su honor, el postrer puente levadizo, abierto el último portón y franqueado la intimidad más profunda”. Y concluye que, aun a sabiendas de que esto pueda ocurrir, sin embargo solo el ser humano se sentirá colmado hasta el fondo de su ser cuando se produzca el encuentro personal, en grado eminente, con ocasión de su relación con Dios. Es solo este encuentro el que, al llegar hasta las profundidades del centro más íntimo de la personalidad espiritual, libera al hombre de la indigencia de su soledad y le otorga el cumplimiento último de una dicha que tantas veces le falta.

 


¹JOHN DANKELMAN, La respuesta del hombre. El misterio de la existencia humana, Madrid, Rialp, 1971.
²Op. cit., p. 127.
³Cf. p. 128 y ss. de op. cit.